Un nuevo San Juan llegó y esta vez no hubo ausencia de hogueras. Para no quedarme atrás, yo provoqué un incendio forestal que ha arrasado los bosques de mis recuerdos más bonitos. Sí. He dicho los más bonitos, porque a veces hay que quemar hasta los buenos recuerdos para poder seguir adelante.
Pedir perdón y dar las gracias está bien, pero no te devuelve nada de lo que has perdido. Y como tampoco tenemos (aún) el poder de volver atrás y hacer o deshacer, pues no nos queda más remedio que quemar para olvidar.
En mi caso es aún más complicado. Los que me conozcan de mi anterior blog, sabrán que a mí TODO me evoca un recuerdo. Desde lo más insignificante, como puede ser una tortilla francesa; hasta la mayor expresión de recuerdo que existe, una foto. Lo tengo asumido… nunca olvido. Para paliarlo me he puesto unas manoplas de cocina, para no poder tocar. He inundado mi mundo del empalagoso perfume de la soledad, para no poder oler otra cosa. He colocado lejos de mí, mis últimos años de vida, ya que desde lejos no puedo ver. He dejado de cocinar manjares y llevo una dieta a base de insípidas recetas que no den gusto a nada. He apagado el ruido de mi alrededor, la tele, la radio… no quiero oír otra cosa que mis pensamientos inmersos en las historias que me regala la lectura.
Y a la hoguera he tirado el resto, que no es poco. Porque este capítulo ha llegado a su fin y toca abrir un nuevo episodio en el que, por fin, sea yo el protagonista.

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